El valor de las palabras

Las palabras deben ser tratadas como lo que son: palabras, sin sobrevalorarlas ni para bien ni para mal. Los periodistas lo entienden bien pues no son las letras, unas detrás de otras, las que marcan la diferencia, las que comprometen, sino las opiniones personales enmarcadas dentro de un contexto y sustentadas en datos empíricos. Escribir supone algo más cuando uno pone la cara, el cuerpo y su reputación, el resto es ciencia ficción, que tampoco está nada mal en su contexto y con cierta gracia y originalidad.

Digo esto porque alguna lectora apasionada ha contactado conmigo de forma ocasional para decirme, explícita o implícitamente, que le gustaría ser la protagonista de un determinado artículo, la receptora de todas aquellas palabras. Yo siempre respondo con algo similar al primer párrafo pues no por repetirlo va a ser menos válido. Si a eso añadimos la riqueza del español, el gran idioma, tan profundo en sinónimos, adjetivos y recursos literarios, los límites se amplían hasta el infinito, hasta donde la imaginación nos de el alto. Por eso, resulta un poco penoso que el 100% de las mujeres que han pasado por este blog hayan manifestado que nunca les han escrito nada parecido. Si consuela a alguien, diría que a mí tampoco (aún).

Palabras, palabras, palabras… aunque me apasiona contar historias, creo que el mundo necesita más hechos. Los blogs representan la gran burbuja de la palabrería y las redes sociales su principal altavoz, y aunque en lo general ambos carecen de criterio alguno, en lo particular –y muy de vez en cuando– también se pueden descubrir nuevos mundos, nuevas pasiones, nuevas historias, nuevas personas. Escribir es fácil, en general se hace para ligar o para vender. Hablar también. Lo difícil, como en todo, es hacerlo de forma extraordinaria, hacerlo como nadie lo ha hecho antes, remover un mundo a base de sujetos, verbos y predicados y quizás, solo quizás, sacudir una conciencia o tocar un corazón. Practicar y practicar, pensar en ello todo el tiempo en busca de una historia y tener la sensibilidad de contar algo que trascienda de lo que podemos observar: amigo, si no vas a esforzarte mejor mándale canciones de YouTube, es eficiente aunque serás un ser sustitutivo.

A ti, mi querida lectora, te diría que, en general, es mejor desconfiar de quién escribe cartas de amor demasiado rápido o quién deja un Post-it en la mesilla tras la primera noche juntos. No estoy para nada en contra del romanticismo, y nada mejor que unas palabras para ponerlo en práctica, pero es mejor quedarse con lo que se dice a la cara, con lo que transmiten los hechos y esas miradas que nunca, nunca, nunca mienten. Eso sí, huye de cualquiera que haya copiado alguna frase de Paulo Coelho o Maxim Huerta para darte los buenos días, eso solo puede ir de mal en peor. Hay tiempo para todo, y lo habrá siempre para escribir, sin embargo solo hay una ocasión para decirse las cosas por primera vez.

Y seamos sinceros, quién sería yo, un humilde bloguero con pseudónimo y muy poco que aportar a este maremágnum de letras, símbolos y números, si dijera que a las palabras se las lleva el viento. Las hay eternas, parte de la mitología de la historia o sencillamente parte de nosotros. Escribir no es solo una forma más de expresarse, es también una manera de vivir, una excusa para salir de la rutina, una actitud observadora inquebrantable, una protesta silenciosa… Resulta más sano que la bebida, más barato que las drogas y mucho más prudente que tirarse a la secretaria del jefe.

Así, no son las palabras las que vuelan sino solo la nuestra cuando nadie la recuerda porque no se ha dicho, porque no se ha dicho como debe ser o porque no hay quien se la crea. Y bastaría con que una sola persona nos escuche –o lea– de verdad para compensar cualquier coste. Una carta puede cambiar un rumbo, un mensaje convertirse en una oportunidad de negocio y un comentario inocente en Instagram en la relación más bonita del mundo, lo importante es que la palabra sea tuya, nuestra, mía, que tenga la fortaleza de la credibilidad y la vocación de no morir jamás.

Por todo esto, para que mis palabras no puedan volar, para que no caigan en el olvido, a ti te voy a seguir mandando los artículos por Whatsapp, para que sepas que soy yo, para que sepas que eres tú, para que sepas hablo de nosotros. Y aunque nunca te voy a pedir que confíes en mí, nada quedará por decir, créeme, nada quedará por escribir.

Fin del prólogo.

Autor

Nuwanda

90% postureo, 10% perversión. Dicen que en general me opongo. Escribo sobre las cosas de la vida sin periodicidad determinada. Comenta, pregunta lo que quieras y comparte ;-)

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