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Las bodas de los mejores amigos

Este año ya van 4 bodas, una familiar y tres de mis mejores amigos, cosas que pasan en la época que va de los 28 hasta los 35 años. Aún no puedo considerarme un experto en ceremonias matrimoniales pero sí he podido vivir experiencias fascinantes, desde amigos que se traban al decir los votos hasta novios borrachos que se marchan casa “pero porque yo quiero” y no porque su ya esposa estuviera esperándole para dar comienzo a una nueva etapa. Pero que conste que yo ahí estoy con el novio, cómo no, ya que tampoco hubiese querido que aquella noche terminara.

Curiosamente, en todas las celebraciones, tanto la parte religiosa como la pagana describen en gran medida a la pareja convocante. La música, por supuesto, pero también los aperitivos, la hora de inicio de las copas o las sorpresas durante la cena. Sin embargo, y aún a riesgo de resultar facilón, fueron los invitados los que sin necesidad de palabra alguna marcaron días tan importantes. Uno aprecia la diversidad de España cuando acude a una boda. Los andaluces siempre han sido los reyes de la fiesta y en las bodas que he compartido con ellos siempre han hecho gala de su reputación en el mejor de los sentidos. Un vasco suele ser un buen invitado pues empina el codo, se fuma los puros y baila con ausencia total de ritmo hasta que sale el último autobús/coche/taxi/bicicleta/triciclo o lo sea la hostia. Donde el eje norte-sur resulta más palpable es en el baile, durante el que, como en toda jarana española, nunca sobran ni el alcohol ni los borrachos ni las canciones clásicas.

Los novios

Los novios, nerviosos ellos, se suelen comportar de forma extraña. Han ensayado el momento pero siempre creen que todo va mal, saben que están perfectos pero no paran de tocarse y retocarse, y sonríen, sonríen como nunca lo habían hecho antes. Sonríen hasta la estupidez aunque nosotros, los amigos, sabemos que de tontos no tienen un pelo. Incluso aquellos que no necesitan casarse se comportan como verdaderos adolescentes, como enamorados… El día que vea un novio bailar el valls decentemente saltaré en ese preciso instante a la pista y me marcaré un breackdance que hará historia.

Volviendo a lo serio, la verdad es que cuando amigo se casa hay algo que se va, unos pensarán en noches de porros y videojuegos, otros en las horas de estudio enterradas en la biblioteca nocturna de la Universidad Autónoma de Madrid (o mejor dicho, dentro del coche, en el aparcamiento, mientras nos fumábamos la alegría misma). ¿Dónde quedarán esas noches de copas hablando de aquella chica del trabajo, de aquél beso furtivo o de la guarra asquerosa que una vez nos partió el corazón? ¿Qué será de aquél borracho de nocturnas tendencias homosexuales que en su despedida se tiró por una cuesta dentro de un carro de supermercado? Esas locuras… ¿volverán? Ninguno éramos conscientes del riesgo que asumía al subir a aquél vehículo infernal pero él estaba feliz de morir aquella noche con sus mejores amigos.

Amigos con amigos

Con todo, lo más curioso, el fenómeno que ha cambiado por completo mi perspectiva, es ver cómo mis amigos se han casado entre ellos. Y no, no es que conociera a alguna pareja y formáramos un equipo de cenas y copas, eso es demasiado normal, resulta que en el grupo habitual hemos tenido el placer de disfrutar de dos matrimonios internos, lo que ha limitado mucho las bromas del tipo “te casaste la cagaste” pero ha multiplicado la emoción en los momentos bonitos. Incluso un servidor ha ostentado discretamente el orgulloso título de celestino, una de esas cosas que solo suceden una vez en la vida. Para que luego digan que escribir un blog no sirve para nada…

Y creo que siempre es bonito ver cómo dos personas cometen la locura de empezar una familia juntos, sobre todo cuando apostarías un brazo a que obtienen un éxito rotundo en tamaña empresa. Pero yo nunca olvidaré, para mi regocijo interior, esas sonrisas de ‘monguer‘ cuando el futuro suegro les cedió a su hija delante del altar (aún no he ido a ninguna civil). Él, el suegro, podría estar planeando cómo matarles pero saben que aquí tienen un sofá en el que refugiarse (y si se tercia, echar un partidita). Con todo, visto lo visto, conocido lo conocido, creo que donde mejor van a estar es con sus señoras esposas, en sus recién estrenadas casas, vidas y familias.

Yo, un humilde invitado, siempre recordaré las bodas de los mejores amigos. ¡Enhorabuena!

Autor

Nuwanda

90% postureo, 10% perversión. Dicen que en general me opongo. Escribo sobre las cosas de la vida sin periodicidad determinada. Comenta, pregunta lo que quieras y comparte ;-)

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