Antes (después) del huracán

Busco alguien que sepa subir la apuesta
Que arriesgue todo al rojo, que tire los dados
y salga yo en todas sus caras. Alguien que elija
mi nombre aún siendo su peor opción.
Busco alguien que apueste todo por mí,
empezando por todos y cada uno de mis defectos.

–Desconocido (lo ví por ahí)

Siempre hay un antes y un después tras un acontecimiento clave de nuestra vida, esos que enseñan algo, los que nos cambian. Puede ser algo malo o algo bueno, aprender a hostias o enamorarse, pero en el fondo es todo sabiduría.

Y de repente llega el día en que salimos por primera vez de marcha con los amigos, la primera copa, el primer pedo, el primer pitillo. A veces las cosas pasan todas juntas, ¡cómo no van a cambiarte la vida! Después ya llegan las vomitonas, urgencias y más de una discusión con la autoridad. No hay método de aprendizaje más rápido que un buen guantazo de papá, que si es inteligente no dará más de dos o tres en su vida para que no se olviden nunca. Puta vida que diría Supersubmarina –ánimo amigos.

Y de la misma forma, de repente, llegó el día en que todo empezó a temblar. Había llegado la hora, mi hora, ella estaba aquí y yo aún no había fijado los cuadros ni sellado las ventanas, me pilló desprevenido. Y al despertar del golpe, un huracán había arrasado mi mundo, uno de los que apenas dejan a nadie con vida, esos que llegan sin avisar pero que marcan para siempre, de los que me obligan a cambiar todos mis planes. Un desastre de un tamaño tal que hizo saltar por los aires algunas de mis creencias más firmes, como si de repente existieran el destino, la magia o las almas gemelas.

Antes la vida era trabajo y el trabajo vida, los días eran horarios y los descansos estaban casi programados. No es que fuera triste, era profesional. No es que fuera solitario, intentaba concentrarme. No es que fuera serio, es que tampoco había motivo para ir sonriendo por la calle. Antes odiaba Whatsapp, dormía más y bebía menos. Tampoco me preocupaba la hora a la que saliera del trabajo, ni qué ropa me ponía ni –por supuesto– si llevaba la barba arreglada, son cosas de las que uno pasa cuando las prioridades son el trabajo, la familia y los amigos, supongo que de ahí el asco de la confianza.

Después, Antonio Vega, Quique González o Mcenroe han regresado a mi Spotify con fuerza y aunque duermo unas horas menos, me alimento bastante mejor y voy al gimnasio con recurrencia. No es que anticipe otro temblor, ya no tengo miedo a nada, es que hay que construirlo todo de nuevo, nuestro siguiente capítulo, mi después de ella, y hay que estar fuerte. También escribo más y más cursi, me da por tener la casa decente, la cama hecha, el baño brillante y el ‘minibar’ lleno, e incluso he retomado la cocina con estrepitosos fracasos y fugaces éxitos.

Al final, todo ha resultado en una historia aún por empezar que ya merece ser contada, tan enrevesada en casualidades que es complicado seguir el hilo, tan difícil de creer que a veces debo contenerme para que no me tomen por mentiroso, tan difícil de creer que aún me cuesta hacerlo. Y es que después de ella… lo inexplicable, lo inesperado, el caos, mi caos.

Benditos huracanes.

@NuwandaVive

Autor

Nuwanda

90% postureo, 10% perversión. Dicen que en general me opongo. Escribo sobre las cosas de la vida sin periodicidad determinada. Comenta, pregunta lo que quieras y comparte ;-)

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